DREAMING



                                                               “Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños”
                                                                                                                          Friederich Nietzsche

Caminaba por esa callejuela oscura después del crepúsculo. Me agitaba al acelerar el paso, pero siempre pesaba mucho esa voz interior que me hablaba sobre la puntualidad. Había mucho tiempo que no veía a Clara y los sentimientos se agolpaban en mi cabeza.
¿Por qué nos habíamos separado? ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos? ¿Cómo me vería después de tanto tiempo? ¿Cómo estaría ella?
Llegué rápidamente al Café donde nos habíamos citado, pasé el umbral de la puerta y la vi. Estaba radiante, toda sonrosada, de hecho, tenía las mejillas encendidas pues estaba limpiando el piso del café, al mismo tiempo que le pasaba un trapo por la barra; yo la veía detenidamente, de lejos aún, pues me había quedado parado justo después de cruzar la puerta.
Clara, le grité. Ella se dio la vuelta y me miró; fue todo uno, su reconocimiento visual y el esbozo de sonrisa.
Estaba más gruesita -no debería hacer ese comentario en voz alta o al hecho de habernos separado aumentaría un golpe a lo que más le desagradaba, hablar de su peso- y también pintaba en el pelo unas plateadas canas. Tenía algunos rasgos marcados en su piel, que desde la comisura de los labios y a un costado de los ojos se le marcaban como unas incipientes arrugas.
Estaba cerca a los cuarenta años, ¿qué más daba? Aún conservaba esa mirada pícara y dulce, la nariz como un tobogán y la frescura en la piel y en el cuerpo, a pesar del gesto de cansancio lucía muy bella.
Pensaba para mis adentros, ¡Cuánto amo a esta mujer! Qué bella es a pesar de estar gordita y avejentada. ¿Cómo he podido vivir todo este tiempo sin verla? ¿Cómo he podido ser, sin ratificarme suyo? ¿Cómo respiraba tranquilamente con ese anhelo arrebatado de fundirme con ella?
Sin pensarlo estaba en sus brazos, apoyado sobre su hombre, apretado con todas mis fuerzas, mientras rodaban unas gruesas lágrimas por mis mejillas y las de ella.
-          Siempre se puede volver a empezar...siempre, me dijo con esa voz cristalina y decidida, esa que me calaba hasta los huesos, por los músculos, la voluntad y la tristeza.
Yo me repetía para mis adentros, no me importa cuántos años tengas, ni qué cosas hayas hecho, ni cuantos enfados hayamos tenido, ni cuantos caminos nos hayan separado, yo te amo y te amo así tal cuál eres…
Lloraba a lágrima viva, cómo si se hubiera desatado un maremoto dentro mío. Me convertía en líquido irremediablemente asido a la mujer de mi vida, Clara.
Cómo un cimbronazo sentía la llegada del sol a mi cara, lo cual producía que me despierte, estaba llorando realmente. Había visto a Clara en mis sueños, la había visto y había reconocido en esa red de símbolos e imágenes mi deseo y mi amor más íntimos.
Mientras me secaba las lágrimas y me incorporaba de la cama caía en cuenta que se trataba de un sueño, un hermoso sueño, un poco bálsamo un poco tortura.
Clara había fallecido hacía ya 11 años y mi inconsciente me construía esa escena para recordarme cuánto le pertenecía, cuánto la extrañaba y cuanta certitud tenía en saber que era el amor de mi vida.
La siguiente idea que tuvo cabida en mi cabeza fue que el amor vence a la muerte, no sé si siempre, pero con clara fue una victoria inobjetable.
¿A quién podría yo amar ahora, sabiendo que estaba entregado en cuerpo y alma a aquella, Clara y bella, de un amor Real aunque onírico?

Julio, 2018


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